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Existen textos literarios capaces de evocar profundas emociones, pero el folclor japonés asegura que existe uno cuyo único poder es decretar la muerte. Se trata de «Tomino no Jigoku» (El infierno de Tomino), un perturbador poema escrito por el autor Saijō Yaso en 1919. A lo largo de las décadas, la cultura digital ha transformado esta obra en una de las leyendas urbanas más temidas del entorno virtual, bajo una premisa tan simple como aterradora: quien recite sus versos en voz alta sufrirá una tragedia inminente.

La creencia popular dicta que la composición posee una maldición activa que solo puede evitarse si las palabras se leen en estricto silencio, dentro de la propia mente. El texto narra el desgarrador descenso de un niño llamado Tomino hacia el Avīci, el nivel más profundo y tormentoso del infierno budista. Entre visiones de hermanas que vomitan fuego y paisajes envueltos en una oscuridad perpetua, la crudeza de sus imágenes ha servido como combustible para alimentar un mito que cruza la línea entre la ficción y la realidad.

Quienes defienden la veracidad del maleficio suelen evocar la muerte del célebre director de cine Shūji Terayama, quien falleció prematuramente a los 47 años tras realizar un largometraje fuertemente inspirado en el poema. Asimismo, en las plataformas digitales circula la crónica de una locutora de radio nipona que presuntamente se desmayó en plena transmisión en vivo al intentar leerlo al aire. Aunque la crítica literaria coincide en que la obra original es una brillante metáfora sobre los traumas de la Primera Guerra Mundial, el misterio sigue latente, desafiando a los internautas a comprobar si se trata de mera autosugestión o de un verdadero umbral hacia la desgracia.

El análisis histórico de los decesos atribuidos al poema revela una mezcla de enfermedades crónicas y autosugestión digital.

Cuando se analiza el trasfondo histórico de las muertes vinculadas a «El infierno de Tomino», la línea entre la fatalidad real y la mitificación en internet se vuelve sumamente delgada. El caso más célebre y documentado es el del polifacético artista vanguardista Shūji Terayama. Si bien el folclor digital afirma que Terayama murió fulminado por la maldición tras dirigir su aclamada película surrealista Den-en ni shisu (1974) —obra fuertemente influenciada por la crudeza del poema—, los registros médicos oficiales muestran una realidad distinta.

Terayama falleció en mayo de 1983, casi una década después del estreno de dicho filme. Su deceso, ocurrido a los 47 años, se debió a una sepsis grave provocada por cirrosis hepática y peritonitis. El director había batallado contra severos problemas de salud desde su juventud, incluyendo el síndrome nefrótico que lo mantuvo hospitalizado durante tres años cuando apenas tenía 19. Para los entusiastas del terror, su obsesión con la obra de Saijō Yaso fue el detonante espiritual de su muerte prematura, mientras que los historiadores apuntan a una trágica pero predecible consecuencia de sus enfermedades crónicas. 

El segundo pilar de la maldición se sostiene en incidentes anónimos y de difícil verificación, característicos de las leyendas urbanas de internet. El relato de la locutora de radio que sufrió un colapso pulmonar en directo carece de nombres propios, fechas exactas o registros de estaciones de radio niponas, funcionando más como una advertencia moral (un "creepypasta") dentro de los foros de internet que como un hecho histórico verídico. Al igual que el mito de una supuesta estudiante universitaria que habría fallecido una semana después de leer los versos, estas historias operan bajo el fenómeno psicológico de la autosugestión: la mente humana, al enfrentar un texto explícitamente oscuro, tiende a correlacionar de forma errónea cualquier desgracia posterior con la lectura del poema. 

¿Te animarías a leerlo?

Yo no, incluso no me animé ni a transcribirlo.

Autor: admin