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El tramo norte de la Ruta Nacional N.º 3 "General José Gervasio Artigas", específicamente en las cercanías del acceso a Pueblo Belén, es el escenario de uno de los mitos más estremecedores recogidos por el escritor salteño Diego Moraes en su libro Bestiario del Salto Oriental. Quienes transitan la zona durante la madrugada aseguran que no se trata de una simple fantasía, sino de un fenómeno repetitivo con testigos de carne y hueso. 

El relato clásico recopilado entre transportistas que viajan hacia Brasil describe a un camionero que detuvo su marcha una noche de tormenta al ver a la mujer desesperada. Al seguir sus indicaciones hasta un automóvil volcado entre los pastizales a la orilla del camino, el hombre logró divisar a una pequeña niña atrapada y herida en el asiento trasero. 

La verdadera sorpresa ocurrió al alumbrar la cabina delantera con su linterna: en el asiento del conductor yacía el cuerpo sin vida de la misma mujer que minutos antes le había implorado ayuda en la banquina. El espectro de la madre había regresado del más allá solo para asegurar la supervivencia de su hija. 

La leyenda urbana se ha instalado con tanta fuerza que los choferes experimentados de la zona evitan mirar hacia los costados de la calzada al cruzar por Belén pasadas las dos de la mañana. Algunos testimonios locales afirman que el mito nació tras un accidente real no documentado de los años 80, transformando este paraje salteño en un punto de peregrinación para los amantes de las historias paranormales y los fenómenos inexplicables en las carreteras de Uruguay. 

 

Testimonios:

El mito se sostiene porque se transmite de boca en boca en las estaciones de servicio de Salto y en las paradas de la frontera. Ya no se trata de un rumor viejo; son anécdotas con nombres y apellidos que se comentan entre termo, mate y bizcochos para aguantar el cabeceo del sueño en la madrugada.

La advertencia del camionero veterano: En un parador de la Ruta 3, un chofer con treinta años de experiencia en el transporte de hacienda relató su encuentro a un grupo de colegas. Contó que divisó a una mujer agitando los brazos en la banquina bajo un diluvio. Al frenar unos metros más adelante y mirar por el espejo retrovisor para esperarla, la figura ya no estaba en la calle. Lo que vio lo dejó helado: la mujer estaba parada justo al lado de su ventanilla, pegando la cara al vidrio empañado con los ojos abiertos de par en par, para luego desvanecerse en el aire.

Las marcas en la lona del acoplado: Otro relato recurrente en los talleres mecánicos de Belén habla de un transportista de carga pesada que sintió un fuerte golpe en la parte trasera del camión al cruzar el tramo oscuro de la ruta. Pensando que se le había soltado una cuerda o que se trataba de un intento de robo, detuvo el vehículo en la siguiente estación de servicio iluminada. Al revisar el acoplado, no encontró a nadie, pero descubrió la silueta de dos manos de barro marcadas a un metro y medio de altura sobre la lona limpia.

El llanto que congela la cabina: Un chofer de una conocida empresa de encomiendas de Montevideo confesó a sus compañeros de viaje que el miedo real no es verla, sino escucharla. Aseguró que una noche de invierno, con la calefacción del camión al máximo, el ambiente de la cabina bajó a cero grados en un segundo. Al instante, un suspiro profundo y un llanto ahogado de mujer se escucharon nítidamente desde la cucheta de descanso que está detrás de los asientos, obligándolo a manejar sin parar y con el corazón en la boca hasta la ciudad de Salto.

 

Quienes recorren el kilómetro 500 de la Ruta 3 con luz de día pueden notar una marca real en el paisaje. Entre los pastizales de la banquina, a pocos metros del acceso a Pueblo Belén, se levanta un pequeño monolito de material construido por los propios vecinos de la zona hace ya varias décadas. No se trata de un monumento oficial, sino de un altar popular levantado para señalizar el punto exacto donde la leyenda asegura que ocurrió el trágico vuelco. [1

El origen de las ofrendas: Con el paso de los años, el monolito se convirtió en un lugar de parada obligada para algunos creyentes. Alrededor de la estructura de cemento es común encontrar restos de velas consumidas, flores de plástico desteñidas por el sol y pequeños juguetes o prendas de bebé. Los lugareños explican que estas ofrendas están dirigidas al alma del niño que quedó atrapado en el auto, buscando darle paz para que su madre deje de penar en el asfalto.

El respeto de los camioneros: Lejos de ignorarlo, muchos transportistas locales adoptaron una costumbre fija al pasar frente al monolito durante la noche. Algunos tocan dos bocinazos cortos a modo de saludo y respeto, mientras que otros directamente bajan la velocidad y persignan ante la estructura. Según los choferes de la zona, este pequeño ritual es una forma de "pedir permiso" para transitar el tramo en paz y evitar que el espectro se les aparezca unos metros más adelante.

Las noches de tormenta: Los vecinos de Belén cuentan que los días de lluvia intensa o niebla cerrada, el monolito parece cargarse de una atmósfera pesada. Hay testimonios de trabajadores rurales que afirman haber visto sombras difusas recortarse al lado de la construcción cuando los relámpagos iluminan el campo, reforzando la idea de que la estructura actúa como el epicentro de la actividad paranormal en ese sector de la ruta.

Autor: admin